jueves, 1 de agosto de 2013

los bigotes de mi abuelo


Me pregunto qué hago sentada una tarde de enero frente a la computadora mirando a mi vecina, becaria del CONICET, en su sala haciendo lo mismo que yo: escribiendo y mirando por  su ventana. Un loop en esta tarde extraña. Para salir de esta pregunta estudio la heladera y afortunadamente me brinda la posibilidad de un Campari con naranja que tanto mi terapeuta Pichín Policastro me recomienda. Muevo todos los objetos de mi escritorio permanentemente, estoy encerrada en esta casa y el cielo está lobuno a 43°C; el sopor ambiente es alto. También aparte, estoy leyendo el suplemento RADAR del 22.1.12 donde una tal Ana Porrúa me cuenta algo que yo ya viví: “Recuerdo la primera vez que leí o escuché (no me acuerdo que hice primero) Cadáveres”, y es cierto lo que dice, yo ya no sé que hice primero, si escuché o leí. Pero, pensando un toque, sí sé, primero me leyeron Cadáveres (ni escuché ni leí), y recuerdo la luz que caía sobre aquel lector desde el lucernario lejano en el techo de doble altura. Y es cierto que recuerdo esa tronera clara de fulgor que desteñía los gestos comprimidos del orador negro entrenado, hace años atrás. M-E-L-E-Y-E-R-O-N-C-A-D-A-V-E-R-E-S. Aquella escena de lectura amplificada, podría haber tenido el mismo resplandor que el fresco de Piero della Francesca llamado El sueño de Constantino, donde la tranquila escena nocturna del dormitar del conquistador romano es iluminada de pronto por un rayo de luz al descender un ángel del cielo sosteniendo el símbolo de la Cruz en su mano extendida. Y entonces con este nivel de ajuste preciso: de la ventana, del calor infernal de enero, de mi vecina en su ventana, del mail que espero recibir, de Perlongher, de mis mañas para escribir mal y leer peor, de la lectura en voz alta que me enseñó Arturo, de la geometría Euclidiana y la luz en la pintura renacentista, del momento del año en que los balances son ejercicios recurrentes y obligatorios, es que aprovecho para repasar mi conducta briosa que tan extraña siento, y a la que le desconfío tanto por estos días, para poner orden y propiciar el progreso. Antes que nada pienso que me parezco a lo peor de mis padres, y mi hermana tiene acumuladas las virtudes de ambos. Ella es admirable, y yo estoy enferma de mi propio ser, así todo sé campear mis calamidades. Tengo el cuero blanco-blanco, una rusa en el cuerpo de una tana, bajita, retacona y cimbreante. Soy la mecenas de mí misma, y eso me ha liberado de pasar cada fin de mes a cobrar un sueldo del estado por la ventanilla con timbre que tienen ciertas oficinas; me ha hecho ajena a los tics del papeleo académico institucional, me ha generado un margen de independencia ficticia, como así también de aislamiento por parte de los otros y propia. No pertenecer nunca. Extraño, pero real. Practico la vida mundana, me alegra la frivolidad: el alcoholismo y la droga en sociedad, las charlas amenas, los bailes agitados no eufóricos, los vestidos livianos de verano. En cuanto al carácter, lo que podríamos decir tipicamente reconocible como mis rasgos de personalidad, mi estética relacional, podríamos definirme como puramente vital,  como una mujer del Alto Delta del Paraná. Revelando siempre un extraordinario vigor y fortaleza, una voluntad de vivir que se exterioriza sobre todo en mis arranques emocionales, en una pasión a veces incontrolada, en un temperamento sensual, proclive a desencadenarse fácilmente en violencias, y de golpe huraña insoportable. Feroz. Todo este despliegue se produce de manera metabólica en mi cuerpo. Mi retórica mezcla términos y temáticas de orígenes diversos y asume riesgos siempre reconocibles fuera de mi geografía habitual. El cambio de una prosa narrativa culta, inclusive con marcadas búsquedas ornamentales novedosas, que también reproduce un típico bilingüismo espontáneo, amable y telúrico. Diglosia siempre. Mi temperamento podríamos asociarlo al paisaje de las islas, de ese lugar entre el continente y el tránsito acuático que contempla las dos orillas . Sé de un torrente lagrimal pardo que estalla en mis párpados inferiores y brota río abajo desde mis ojos hacia el fluido infinito de un verano que no se detiene nunca: el río y yo en unión lisosomal desde aquí sumergidos. Lloramos juntos. Toda esta plasticidad del paisaje, de tez alazana tostada mojada, me configura. Paisaje gorgeous. Hablo de pájaros. Hablo de caza y de pesca. Por todo lo que el Moro Acebal me ha ido contando también. Hablo de tractores y sembradíos. De tanques australianos y de caminos de tierra recorridos hasta el cansancio, hasta el cansancio. También de las colas larguísimas en el ANSES, del trámite por el nuevo DNI celestito, de cómo me haría la mejor parrilla de la Tierra, de cómo revestiría el baño con monedas de 25 centavos doradas y plateadas, de los asados que me comería. De eso hablo y en eso pienso. Me motiva y me conmueve el paisaje y los árboles. Por mi abuelo entrerriano, por amor a mi abuelo entrerriano. Ese abuelo positivista, doble faz, que tenía una personalidad hermosa, elegante y salvaje simultáneamente. Que hablaba latín y alemán y, al mismo tiempo, sabía cazar distintos animales: los yacarés, cazados a garrotazos o a tiros; los carpinchos, las nutrias, el lobito de río y los peludos; la caza deportiva de patos y gallaretas. Sé cargar una del 12 y un 22. Del agua como valle para el aislamiento, de lo trágico del agua en el paisaje, de cómo caían muertos los patos en la superficie lacustre. Recuerdo cómo mi abuelo relataba, con gran actitud descriptiva, las bellezas y los misterios de la naturaleza en el paisaje.  También recuerdo las leyendas que me contaba sobre las lagunas de cauces enormes, que sostienen la existencia de una ciudad viva en el fondo del agua, donde pueden vivir seres extraterrestres. Por eso, nunca logré disfrutar del agua fresca y desprendida de las lagunas. Me dan miedo las lagunas. 

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