lunes, 22 de octubre de 2012

YO VI ESTA OBRA ANTES DE QUE ME PASE TODO


Dicen que uno se acuerda mucho de las primeras veces, si es que se ha reído y la ha pasado bomba, si la ha pasado pésimo, o si ha quedado impresionado por algo. Que las medias tintas no son poderosas para dejar marca en el taco de la memoria. Ahora estoy tratando de darme cuenta cuándo fue la primera vez que vi un Raúl Domínguez. ¡Esos Domínguez enormes y ampulosos, que coronan las paredes de la Estación Fluvial de Rosario, son lo mejor que he visto en mi vida! Imágenes realizadas sobre chapadur con pintura al látex y acabado de barniz marino, con el virtuosismo propio de un artista plantado entre las pretensiones del escorzo del muralismo mexicano, el close-up tan propio del comic pop, y una paleta cromática en random formada por el paisaje del río y las tiendas artísticas de la ciudad. Destreza gráfica inigualable, trabajo de campo profundo a río traviesa. Los murales ofrecen una retórica entre antropológica y mágica de las márgenes del Paraná y están divididos por asuntos y tópicos clasificados de la siguiente manera: los Chaná Timbu, su modo de cazar, pescar y modelar la arcilla, su alfarería; el criollo pescador isleño y canoero entre pajonales y totoras; los peces: surubíes, dorados, bogas, palometas, dientudos, bagres amarillos y blancos, un armado, un patí, un surubí, y al frente de todo un enorme manguruyú abrazado a Tupá; la flora más conocida de la zona isleña, donde aparecen el camalotaje generoso, el catay, el irupé florido, las totoras, las lentejas de agua, los juncales, el maíz frito, y el pasto flotante; la fauna: chajás, cigüeñas, yacaré, carpinchos y lobitos de río, bandurrias, biguás, patos, zambullidores, una yarará intrincada entre los pajonales, y una enorme y divertida diversidad de pájaros que sé clasificar, pero sería aburridísimo de hacer, y por último, aparecen los mitos y leyendas del Litoral con toda su extensión sincrética mística en los que, a modo de atlas del delirio ribereño, podemos ver una zona rasa desplegándose en 27 metros cuadrados de superficie colorinche (ver foto: los murales completos tienen cerca de 124 m2). Entonces, se habita el plano con las leyendas del Chajá, la venganza de la Ñacaniñá, la protección acuática del Piranú, Tupá con el pecho marcado de hacer fierros, el amor diverso del Irupé, la flor del Ceibo junto a Anahí, el Pombero o Fantasma del Monte con su espíritu espermático a la hora de la siesta, el Martín Pescador, el lobisón atento a la luna llena, la leyenda de Naipí y su pelambre convertida en cataratas del Iguazú y el Yasy Yateré, un duende bipolar hijo de la noche. En algún momento, entre el año 1999 y el 2003, me embebí de toda la obra de Domínguez y, hasta casi a modo de fanática compulsiva, me dediqué a estudiar su expansión pictórica. Fue así como generé un trabajo que se llamó Domínguez Dentrecasa. De todos modos sigo sin saber cuándo fue que quedé prendada y fascinada por esas imágenes que tan animosamente me relataban los repertorios visuales del Alto Delta del Paraná. La respuesta a la gran omisión, al barotrauma sináptico del recuerdo de aquella primera vez, es que nunca hubo primera vez, porque esas pinturas son endógenas a mi instrucción sensorial. Son congénitas a todos mis errores artísticos y cromáticos, son constitutivas a la torpeza de mi práctica. Es tan difícil reconocer la primera vez que vi un Domínguez como preguntarme cuándo fue la primera vez que me sumergí en el agua tremenda, tostada y ágil del Paraná. Este río, al igual que los murales de Domínguez, es mi líquido amniótico litoraleño.

mas acá:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/17-8169-2012-08-20.html

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