lunes, 8 de octubre de 2012

Radiografía de una línea en el CCPE.



Gravita la foto de un tractor manifestante urbano sobre mi espalda, preferiría pensar que llevo otras cosas en el lomo o que, sobre estos 180 metros lineales de exposición, podrían estar colgados los RES, los Richter y los Renzi que alguna vez fueron exhibidos aquí, pero lamentablemente hay un tractor:¡¡¡UN TRACTOR MADRE DE DIOS!!! Un elefante en un bazar haría menos ruido, de todos modos este aparato no logra hacer estruendo. Todo está compensado. Hace más de tres años montábamos con los Perassi y Res una casa de chapa en este mismo punto geográfico, en este mismo lugar, sobre estas coordenadas; polémicas las devoluciones para la expo santuchiana llamada “Acciones Rosarinas”. Gratamente acertadas las resonancias de “Sinopsis”, la gran antológica itinerante del fotógrafo, colorista y artista alemán Gerhard Richter.  Lujos que, por momentos, trae la vida de la producción cultural. Estos 560 metros cuadrados de superficie expositiva dan para todo y hoy aquí se concentra lo mejor que he visto colgado en años, o algo de lo mejor, en este dibujo chiquito (13 x 18 cm aprox., Sin título, EEUU, San Diego de 1987-ver foto movida): una mancha de tinta hecha desde el asiento del acompañante en un auto que marcha raudo por una carretera americana ochentosa rumbo a San Diego. En este pequeño apunte, de su libreta de trabajo, el trazo de Gerardo Caballero ofrece una deriva por mi cabeza que, si decido ordenarla cronológicamente en línea histórica retrospectiva, podría salpicar desde el extraño paisaje de la erupción del Vesubio de Andy Warhol (1985), el devenir de textos beatniks, las abstracciones anómalas de Mark Rothko o, bien más atrás, todos los andurriales por donde se ha movido Scott Fitzgerald, los recorridos de Abderramán, hasta los libros pendientes por leer de Venturi, (y una lista interminable, de cronistas viajeros, urbanistas, artistas y críticos, que tanto me recomiendan consultar). Hay en estas paredes una distribución gráfica mediada por un individuo riguroso, curioso y sensible. En la acumulación de las ideas, en el uso crónico y sostenido de una línea, de un mismo trazo, vemos un barco enunciado con 4 rayas, las ancas de unas vacas manchadas, líneas y más líneas, rayas y el desarrollo expandido de millones de paisajes, en un repertorio sincrético de sitios, pero único en su relato. Sin exagerar, me gusta pensar que Caballero tiene toda la piel de la Tierra dibujada en sus libretas como hiciera Georg Glockendon en el 1400. Una libreta es una cadencia abrumadora y todas esas libretas juntas son el cúmulo de la misma obsesión. De la construcción analógica de una idea, la carga de materia sobre una superficie que la aloje, de la luz generada en los blancos del papel o por la pigmentación de blanco sobre negro, a la obsesión por el espacio. La traducción del espacio al plano y el tráfico de luz a la superficie. El valor de luz es una renta notable en estos dibujos, en este atlas del claroscuro de los últimos 30 años, que se bancan la huella de lo inmediato. Yo vi esos mismos paisajes. La corteza de la tierra podría acumularse entre estos papeles civiles/serenos, que podemos mensurar en un cajón a modo de biblioteca improvisada, en orden de páginas, en extensiones de papel, en cantidad de cuadernos, exhibidos en sala. ¿Estos pueden ser los indicadores de un artista? ¿Podrá ser esta exposición una puesta a prueba de eficiencia? Yo diría que a veces las exposiciones son la muestra de un trabajo en el tiempo (cursos forzados), otras veces son experimentaciones en sí mismas y  también ejercicios de autodescubrimiento. Entonces me detengo a pensar en la posibilidad del baquiano, del baquiano del mundo, con dotes refinadas para la orientación, para la innovación, para husmear los secretos del suelo, de sus formas, sus colores, su consistencia, su distribución. El horizonte es un dato. Cada accidente, cada planicie, cada monte, cada pequeña porción del paisaje, le bastan para comprender todo en extensión. Posee un don para pensar lógicamente, según las formas de los llanos, las selvas, las montañas y para sentir intuitivamente la proximidad del agua, los árboles y los seres… podría seguir citando y apropiándome del tino de Ezequiel Martínez Estrada para justificar el trabajo de Caballero,  y concluir que la inefable mirada estereoscópica, que se orienta por indicios apenas visibles, sin que empero llegue a convertirlos en datos sensibles ni en notas conscientes. Sin pensar, sin recordar, sabe cuál es el camino que hay que seguir, y de noche lleva en los pies la seguridad del sonámbulo. En el after de la inauguración, entre pizzas y porrones helados, alguien me confiesa que logró saber que Caballero enfoca sus dibujos con un lente de 10 mm y que, de esta manera, consigue transcribir la mirada a una óptica precisa. Aquí el arquitecto, el artista, no se presenta desde el lugar del hacedor, se ubica en el sitio del rabdomante del territorio, pero en silencio y ofreciendo obra en bodoques habitables para la felicidad. Eso vi el viernes 5 de octubre a la tardecita en el CCPE/AECID de Rosario.

más acá: http://gerardocaballero.com/wp/?p=2014


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