domingo, 14 de octubre de 2012

La película favorita de Elvis



El viernes pasado me cruzo con mi amiga buena onda que promueve el festejo de mi próximo cumpleaños. En menos de veinte horas tendré un año más, y mis pensamientos oscilan entre pacíficos y violentos con diferencia de segundos. Nunca sé si está bueno o no cumplir años, festejar, reunirse para enunciar y evidenciar el paso del tiempo. Pero, subida de pronto a la estela buena onda de mi amiga, dije: sí! Es posible concretar una reunión acorde a mis posibilidades, e inicié una travesía sencilla en la que listé cantidad de panes, chorizos, porrones, facturas, tortas y souvenirs para los invitados. Invite vía mail, via feisbuc, via sms, via chat, personal y telefónicamente. Invité amigos de todas las geografías y casi todos contestaron al R.S.V.P. de manera afirmativa. Otra amiga ya tenía el playlist armado. Pasaríamos una tarde de pompa, con ambiente familiar. La fiesta nunca sucedió, debí suspender a último momento. Aproveché la tarde para responder salutaciones que llegaban. Mucha soledad y gran cantidad de información para administrar. Al cierre del día vimos en casa por treintaiseisava vez La Fiesta Inolvidable:
hablaré, y escribiré, sobre La Fiesta Inolvidable (The Party o El Guateque), película del gran Blake Edwards. Es innegable recordar la primera vez que vi esta cinta. Sucedió en otoño del año 84 u 85 en que mis padres nos dejaban, a mi hermana y a mí, la tarde de domingo completa en cualquier cine cercano a casa. Aquella fue la primera vez que fuimos solas al cine y, para poder pegarle un tirón largo a la siesta amorosa que mis padres planeaban tener, nos depositaron a las tres y media de la tarde allí. Vimos la película dos veces con intervalo en el medio, cumpliendo la orden de no levantarnos de la silla por nada del mundo, hasta que mamá nos retirara a la tardecita. En una sola tarde vi La fiesta inolvidable dos veces seguidas, o sea: L-A-F-I-E-S-T-A-A-L-C-U-A-D-R-A-D-O,  en el Cine Teatro La Comedia (Mitre y Ricardone en Rosario). Bautismo de cine + hedonismo + cromatismo fijado para siempre.
Dicen que uno se acuerda mucho de las primeras veces, sí es que se ha reído y la ha pasado bomba, o si la ha pasado pésimo. Que las medias tintas no son poderosas para dejar marca en el taco de la memoria. Esa tarde de otoño quedó cincelado en mi occipital un repertorio visual de imágenes felices perennes. Así fue. Luego con esta peli comenzó a sucederme, y me sigue pasando, un permanente disfrute en diferentes capas de sentido, de sensibilidad y ansiedad. Siempre fue una película transversal a mi ciclo vital. Hubo momentos en que lo más habitual era descojonarme de la risa, como me sucedía en los 80, viéndola de manera maníaca. Luego, en la década del 90, me llegó el fanatismo por Peter Sellers y, comencé a seguir al actor en todos los VHS disponibles en los videoclubes de mi zona. Así fue como disfruté y sufrí con Chauncey Gardner, en Being there (1979), en la que Sellers ofrece su versión más triste, del outsider que nunca pertenece, recién salido de un cuadro de Magritte con su bombín gris. Desde La fiesta inolvidable, con una paleta pop tremendamente sintética y saturada, pasando por todas las panteras rosas, hasta llegar a Desde el jardín, podemos ver todo el círculo cromático y dramático de Peter Sellers. Lo he visto en todas las versiones de su destreza actoral abocado al borderline eterno y elegante, con cutis trigueño o pálido, parrandero o melancólico, muy inglés o muy foráneo, siempre sereno y con facie insípida.
Ahora, cada vez que veo una película, cualquiera sea, tengo a The Party como patrón de referencia. Sé que esto puede resultar absurdo y ridículo, por supuesto algo vulgar e inculto, pero me sucede. Por ejemplo, luego vi las de Tatí y me di cuenta que Edwards ha estudiado mucho al director francés. Las casas inteligentes accionadas por botoneras y paneles de control a modo de nave espacial en dos versiones: la wrightiana en el caso de Edwards y la lecorbusiana en el caso de Tati. Todo el despliegue del modernismo contra la artesanía de los gestos íntimos, alegres y revoltosos en personajes como Monsieur Hulot, en Mi Tío, y Hrundi V.Bakshi, en The Party. Las reglas de cortesía versus las escenas más espontáneas y cándidas.
Otro de los temas, es que la primera vez que detecté una película dentro de otra película fue con The Party. La cinta comienza con este recurso, con una burbuja de ficción dentro de otra supuesta ficción. Y acá sí, lo que más me cautiva de la película es que Blake Edwards, a parte del director y el guionista de las 56 páginas del libro, es un gran anfitrión omnipresente, discreto y oculto. Peter Sellers es el mejor adalid  de todos, junto al personaje del mozo borracho, éste gran coequiper pendulante.  Blake Edwards  propicia la gran fiesta inolvidable de 12 hs de duración, y la registra de manera documental. Siempre pensé que esa fiesta en realidad existió y, no sólo existió sino que, existió varias veces, durante meses seguidos. Invariablemente intuí que lo que veía en la pantalla era el registro documental de una escena, ficticia o no, pero de una escena con un fin principal: divertirse haciéndola;  y eso cuentan los actores de Edwards: era obligatorio divertirse en el set, emborracharse, enamorarse, fumar, drogarse, y hasta tener sexo con la ropa puesta (nunca fueron los desnudos material de inspiración para este director, sólo se llega a ver la piel de unos hombros y de algún que otro muslo masculino).
Peter Sellers, o el actor hindú Hrundi V. Bakshi , recibe una invitación postal, con altos sesgos protocolares y ceremoniales, en la que le informan que lo esperan al Dinner, que tendrá lugar  el día 8 de julio en el 8239 del Wild Rice Drive a las 8 de la tarde. El cierre de la tarjeta indica, en el ángulo inferior izquierdo, un “black tie”, y, en el derecho, un “R.S.V.P.”. Lo que obliga a Sellers  a vestir un tuxedo; él, en cambio, llevará puesto un traje color té con leche, una corbata colorada con medias al tono y zapatos blancos, y por supuesto no confirmará sus asistencia con antelación, hará caso omiso a las indicaciones inglesas y francesas respectivamente.
La fiesta transcurre bastante solemne si no fuera por los torpes espasmos de Sellers, quien se presenta como subversivo social ó activista festivo. Escasos 20 invitados, a la comida brindada por el matrimonio Clutterbuck, se aburren y guardan las formas, todos con good manners. El único que está a destiempo y fuera de sincro es este parvenu a quién nadie le conoce el nombre, que se encuentra de contracté, tanto por la ropa que lleva como por los modales que exhibe. Todo evidencia la torpeza de este ser desconocido. Más tarde llega la orquesta, 5 músicos, luego los bailarines rusos, unos 20, que se cargan la fiesta en el lomo con pura algarabía regada por vodka Smirnoff.  Para Edwards el consumo de alcohol ha sido un gran tema en toda su filmografía .Cuando aparecen los rusos sólo se toma Smirnoff. Se toma Smirnoff en vasos de trago largo, de old-fashioned y tumbler, en copa coctel y sherry, se toma Smirnoff  del pico también, empinando el codo. Pero una vez que irrumpe la gran bebida rusa en la fiesta, la fiesta se desmadra a límites orgiásticos de placer y diversión. Ya hemos duplicado la plaza de invitados. A esta altura de la cosa hay mujeres que buscan dulces en las heladeras, o que deambulan ebrias por los salones.  Luego, se genera la invasión de una juventud descarriada acompañada por un elefante pequeño, el que utilizan para manifestarse a favor del nudismo, del amor libre y de un mundo mejor. De la manifa a la fiesta. Momento de despiporre absoluto, más de 55 invitados presentes, y rostros de fisura real.
Aparecen consortes como la corbata, gran aliada en travesuras incómodas, también un ángel tierno que lleva el nombre de Michele Monet, de quién Bakshi se enamorará al final de fiesta, y el agua, por supuesto el agua, que cuela su torrente en la trama de manera inocua y caótica. Reg Allen y yo nos debemos un whisky compartido, sus decoraciones de set no sólo son increíbles como paisajes visuales, sino que generan pulsiones vitales al punto de haber querido estar allí. Los siempre pegadizos scores de Henry Mancini, la tipografía de los títulos hecha a mano, los planos secuencias largos y ágiles, el cuarto de baño con 5 desniveles diferentes, todo incitando la dicotomía festejable. Las guitarras vs. las balalaikas vs. el sitar, el piano de cola vs. el bayan,  el soviet festivo vs. la fiesta paqueta, los hogares a leña vs. las fuentes y cascadas, los colores quebrados vs. los saturados, el triciclo Morgan F-Super en que se pasea Bakshi vs. el Rolls Royce del gobernador, los bailarines rusos vs. los empresarios del star system hollywoodense vs. los jóvenes descocados manifestantes de Berkeley, los gatos vs. los papagayos vs. los perros falderos vs. los elefantes cachorros, escaleras por dónde se asciende vs. rampas por donde se desciende, hojas de bambú vs. plantas sandalias, juego de billar vs. tiro al blanco con dardos, pinturas informalistas vs. retratos clásicos, reproducciones de Chagall vs. cuadros del op art. Y así una lista interminable de asuntos diversos, confrontados, amigados en consenso y en  disenso, en una película eterna instalada en la visera de mis pensamientos; de la cual Elvis y mis hijos se confesaron fanáticos, también.
En La fiesta inolvidable el clima epocal mueve factores a la largo del argumento con tanto encanto como con valentía. La irrupción del festejo, de la juventud, de la bendita diversidad cultural, no sólo en los personajes, sino también en el elenco de actores y equipo de producción convocado. En simultáneo al estreno de la peli sucedía en París el Mayo Francés, Woodstock vendría un año exacto más tarde, las raves de larga duración recién pasados 20 años, y el Love Parade 21 años después.
Cuando llegué a la pubertad mi padre nos sentó, a mi hermana y a mí, para tener una de las pocas conversaciones que alguna vez tuvimos a modo de bajada de línea y nos transmitió el único saber que tenía a “la coherencia” como nodo: “chicas hay que ser coherentes: en los velorios se llora y en las fiestas se divierte”, luego traté de traducir ese saber, a mi lenguaje y a mi escasa experiencia vital, con estas palabras: “Hago travesuras indolentes cada vez que se puede. Tomo de más. Fumo de más. Soy torpe. Que la gente, toda la gente, haga más papelones que uno. Que seamos bondadosos con los festejos ajenos y podamos llorar en los velorios, cuando no hay posibilidad de evitarlos”.
Agradezco esas siestas dominicales en las que mis padres se juntaban a hacer el amor y  nosotras, con mi hermana, aprendíamos los procedimientos eficaces y eficientes del festejo y el buen vivir.

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